Me gusta el subte porque es como el
cumpleaños de quince de una prima
lejana al que todos se ven obligados a ir
aunque nadie tenga ganas.
En él converge la mezcla más exótica de
seres humanos, una suerte de feria llena de colores y ruido y voces estridentes
y alguna que otra imagen triste.
Los pibes se metieron al vagón a los
gritos.
Eran tres y ninguno tenía más de ocho años.
Eran flaquitos y maleducados sin maldad,
medio pillos pero compañeros.
Uno solo tenía zapatillas, el más chiquito.
Y cuando digo chiquito no hablo de la
cantidad de años sino de la cantidad de costillas que le conté sobre la piel
desnuda.
El más chiquito tenía las zapatillas y
también tenía las tarjetitas.
Las fue repartiendo mientras hablaba a los
gritos y el otro le respondía a los gritos y un tercero le gritaba a la gente
que les tiraran una moneda, que Dios los bendiga.
Una señora se tapó los oídos.
Recién cuando pasaron en retirada escuché
hablar al pibe que tenía sentado enfrente.
Él también habrá tenido unos ocho años.
-Mamá, ¿por qué gritan los nenes?-, preguntó.
-Porque son negros-, dijo la madre.
Pensé que había escuchado mal y presté
atención.
-Porque son negros. Y cuando sean grandes,
van a ser ladrones. Vos tenés que tener mucho cuidado con esos chicos.
Tenías la oportunidad de sembrar una
semilla de amor y preferiste perpetuar el odio.
Elegiste enseñar a tener miedo.
Podría haberte perdonado la falsa
misericordia de quien observa y murmura pobrecitos pero masticaste tanta bronca
que ya no sabes hacer ni eso.
Ay, nene, ojalá alguien te explique que tu
vieja ese día estaba enojada y que los pibes de la calle no se juntan para
jugar, sino porque tienen miedo.
Los pibes de la calle no gritan porque son
negros, gritan porque son invisibles.
Juan Solá