lunes, 15 de septiembre de 2014

Los Desafíos






















Los desafíos son los que hacen la vida interesante 
y superarlos es lo que hace la vida significativa



El Maestro Perfecto


-¿Eres tú el maestro perfecto?
-Sí, eso dicen de mí.
-¡Por fin te he encontrado! Llevo buscándote más de 20 años.
-¿Podrías tomarme como discípulo tuyo?
-Mientras quieras ser discípulo del maestro perfecto, no.
-¿Porqué?
-Porque sólo acepto a discípulos perfectos.

Esa Boca

      Su entusiasmo por el circo se venía arrastrando desde tiempo atrás. Dos meses, quizá. Pero cuando siete años son toda la vida y aún se ve el mundo de los mayores como una muchedumbre a través de un vidrio esmerilado, entonces dos meses representan un largo, insondable proceso.
Sus hermanos mayores habían ido dos o tres veces e imitaban minuciosamente las graciosas desgracias de los payasos y las contorsiones y equilibrios de los forzudos.
También los compañeros de la escuela lo habían visto y se reían con grandes aspavientos al recordar este golpe o aquella pirueta.
Sólo que Carlos no sabía que eran exageraciones destinadas a él, a él que no iba al circo porque el padre entendía que era muy impresionable y podía conmoverse demasiado ante el riesgo inútil que corrían los trapecistas.
Sin embargo, Carlos sentía algo parecido a un dolor en el pecho siempre que pensaba en los payasos. Cada día se le iba siendo más difícil soportar su curiosidad.
       Entonces preparó la frase y en el momento oportuno se la dijo al padre:
-“¿No habría forma de que yo pudiese ir alguna vez al circo?”
A los siete años, toda frase larga resulta simpática y el padre se vio obligado primero a sonreír, luego a explicarse:
-“No quiero que veas a los trapecistas.”
En cuanto oyó esto, Carlos se sintió verdaderamente a salvo, porque él no tenía interés en los trapecistas.
-“¿Y si me fuera cuando empieza ese número?”
-“Bueno”, contestó el padre, “así, sí”.
      La madre compró dos entradas y lo llevó el sábado de noche. Apareció una mujer de malla roja que hacía equilibrio sobre un caballo blanco.
Él esperaba a los payasos.
Aplaudieron.
Después salieron unos monos que andaban en bicicleta, pero él esperaba a los payasos.
Otra vez aplaudieron y apareció un malabarista.
Carlos miraba con los ojos muy abiertos, pero de pronto se encontró bostezando.
Aplaudieron de nuevo y salieron —ahora sí— los payasos.
      Su interés llegó a la máxima tensión.
Eran cuatro, dos de ellos enanos.
Uno de los grandes hizo una cabriola, de aquellas que imitaba su hermano mayor.
Un enano se le metió entre las piernas y el payaso grande le pegó sonoramente en el trasero.
Casi todos los espectadores se reían y algunos muchachitos empezaban a festejar el chiste mímico antes aún de que el payaso emprendiera su gesto.
Los dos enanos se trenzaron en la milésima versión de una pelea absurda, mientras el menos cómico de los otros dos los alentaba para que se pegasen.
Entonces el segundo payaso grande, que era sin lugar a dudas el más cómico, se acercó a la baranda que limitaba la pista, y Carlos lo vio junto a él, tan cerca que pudo distinguir la boca cansada del hombre bajo la risa pintada y fija del payaso.
Por un instante el pobre diablo vio aquella carita asombrada y le sonrió, de modo imperceptible, con sus labios verdaderos.
Pero los otros tres habían concluido y el payaso más cómico se unió a los demás en los porrazos y saltos finales, y todos aplaudieron, aun la madre de Carlos.
      Y como después venían los trapecistas, de acuerdo a lo convenido la madre lo tomó de un brazo y salieron a la calle.
Ahora sí había visto el circo, como sus hermanos y los compañeros del colegio.
Sentía el pecho vacío y no le importaba qué iba a decir mañana.
Serían las once de la noche, pero la madre sospechaba algo y lo introdujo en la zona de luz de una vidriera.
Le pasó despacio, como si no lo creyera, una mano por los ojos, y después le preguntó si estaba llorando.
Él no dijo nada.
-“¿Es por los trapecistas? ¿Tenías ganas de verlos?”
      Ya era demasiado.
A él no le interesaban los trapecistas.
Sólo para destruir el malentendido, explicó que lloraba porque los payasos no le hacían reír.


Mario Benedetti

domingo, 14 de septiembre de 2014

Poderosos


Las personas que se enojan, desean mostrarte los poderosas que son ellas.
Las personas amorosas, te muestran lo poderoso que TÚ eres.

Todo Está En Calma.


Los rayos del sol descienden por la ladera de la montaña hasta tocar la tierra, Dios aún me quiere.
El viento trae el perfume del bosque, el dulce néctar de los mágicos claros donde se esconden los Círculos de Hadas.
Todavía se oye el canto de algún grillo despistado, las chicharras, sin embargo, han entrado ya en los dominios de Morfeo mientras las hormigas comienzan a trabajar.
Si prestas atención podrás, como Jacob, ver a los ángeles subiendo y bajando por la escalera del cielo trayendo mensajes del Señor, Dios aún nos quiere. Una suave brisa acaricia mi cuerpo sentado en postura de meditación.
Mi mente, como el día, se ha llenado de luz, dejando atrás la estela de la noche.
Junto a mí se oye el rumor del agua pasar entre las rocas del riachuelo mientras las ranas comienzan a afinar su melodía.
¡Hay tanta paz y serenidad en este lugar!
Es tan diferente del mundo en que vivimos.
La corriente, como la vida, pasa sin detenerse jamás.
Fluye en un continuo presente que cambia constantemente sin dejarse atrapar por el pasado o por lo que vendrá.
Alguien dijo una vez que jamás podríamos bañarnos dos veces en el mismo río porque el río nunca se detuvo a esperar los frutos de sus obras.
Por tanto, el río nunca fue tal, sino tan solo un trozo de océano que salió a pasear por cielo, haciéndose nube, que cayó después a la tierra, haciéndose río, hasta regresar de nuevo a su lugar.
Como él, yo me siento parte de Dios que, por curiosidad, ha querido vivir una experiencia humana.
Los pajarillos trinan a mi alrededor entonando lo que parece ser una canción de Amor.
Todo está en calma.
Allá, a los lejos, me espera el ancho Mar.
Dios siempre me querrá."




Geniales *


Magic show of humor